Mont Saint Michel Leyenda

Cuenta la leyenda que el año 708 fue el Arcángel San Miguel quien, por medio de sueños, indicó a un asceta el lugar donde se debía erigir un espacio de culto. El enclave escogido era un islote que, entre mareas, se levantaba enigmático en frente de la costa de Normandía. Antes de eso, druidas y galos ya lo habían considerado un monte sagrado, erigiendo en él monolitos pétreos en honor al dios Belenus . De este modo nació una esquina de oratorios que poco a poco fue ampliándose primero con ermitas y capillas, hasta que en el siglo X fue convertido en un pequeño recinto monacal católico de frailes benedictinos. Desde ahí, el escaso espacio que daba aquella roca atlántica fue aprovechado para fundar un burgo medieval que, de manera escalonada o excavado en la piedra, empezó a ascender hasta el recinto religioso que lo coronaba. En el momento en que en la costa de Normandía sube la marea, el Mont Saint-Michel queda apartado por las aguas que dos veces cada día la alejan de la costa.

La Grande Rue, la vía primordial, tiene sus escasos 300 metros repletos de tiendas de recuerdos, artículos típicos y restaurantes. La imponente abadía-fortaleza del Mont Saint-Michel, destino de peregrinaje desde la Edad Media, hace siglos que empezó a ser conocida como «La Joya». El monumento se eleva altivo sobre un roquedo que emerge en una extensa bahía de la costa de Normandía. Allí, el Atlántico coincide con el estuario del río Couesnon, frontera natural entre esta zona y la también francesa Bretaña. El impactante recinto sintetiza con su historia, leyendas y monumentos el carácter orgulloso y fuerte de este territorio septentrional del vecino país.

Avatares De Una Abadía

Poco después hizo crear una capilla en la isla que posteriormente atrajo a varios peregrinos. En 1879 se construyó una carretera-dique para hacer más simple el ingreso de los peregrinos. En la actualidad, se está cuestionando seriamente este proyecto debido a la acumulación de arena que causa.

Para sencillamente venir sin más ni más ambición que la de relajarse mirando el mar horas y horas o pasear por la bahía y acompasar los pasos al ritmo en que el mar avanza hacia uno. Sentado en frente de la ventana de mi habitación, con el único sonido de las gaviotas y el lejano murmullo del deslizar de las aguas, mi vista busca el horizonte indefinible extasiada por la joya que la Naturaleza ofrece a quien descansa en el islote. Dos veces al día Mont Saint Michel nos muestra su magia, quieta, en especial sintonía con las aguas de un mar que avanza rápido presto a engullir en su vientre líquido el cálido barro por el que momentos antes decenas de turistas paseaban. La primera denominación conocida del monte es Mons Belenus, dios galo del sol, nombre otorgado por las tribus célticas que fueron las primeras que poblaron el bosque de Scissy. Este bosque —no hay evidencia de su existencia— cubría originalmente el ambiente de Mont Saint-Michel antes de que las mareas cambiarán para siempre el aspecto del sitio.

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En 1204, un grupo de caballeros bretones furiosos arrasaron el sitio bajo la autoridad de Guy de Thouars. Sobre una isla de 900 metros de circunferencia y 80 de prominente, lo primero con lo que nos encontramos es con el pequeño pueblo que circunda a la Abadía. No hay nada más interesante que callejear por la muralla, y no solo ir admirando el paisaje que desde ella se tiene, sino también gozar con las varias tiendas de souvenirs que hay en el pueblo. Y sucede que este pequeño pueblito vive de eso; del turismo; de los peregrinos. Son múltiples las callejas empinadas las que suben hacia el Monasterio; y en todas y cada una podremos obtener los típicos recuerdos, y sobre todo la tradicional figura de san Miguel. Por lo demás, poco hay que ver en el pueblo, salvo quizás la Iglesia de St. Pierre, un pequeño edificio de los siglos XV-XVI.

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Lo había visto confusamente, sombra gris erguida en el cielo brumoso. Los peregrinos que a partir del siglo XI empezaron a asistir al Mont Saint-Michel recorrían de rodillas la escalinata que intramuros sube hacia la abadía, en una ascensión de simbología espiritual. En la Edad Media, el Mont Saint-Michel estaba reconocido como el cuarto destino de peregrinación, tras Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela. Pasear caminando por el pueblo medieval.Con mucho más de 3 millones de visitantes por año, el Mont Saint Michel es muy visitado, pero solo tras las reconocidas atracciones parisinas, ya que todavía no sobrepasa a la Torre Eiffel. Allí al volante del turismo, vemos mostrarse, tal y como si se tratase de un espejismo, entre la neblina la silueta espectral de la gran roca, coronada por la abadía benedictina de San Miguel. Y poco a poco, esa imagen casi espectral, se va perfilando para disfrutar con su hermosura y con su imponente elegancia.

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La Historia del Monte se remonta a las tribus celtas, allí se entregaban a los cultos druídicos en lo que entonces era llamado Mont Tombe o Tumba de Blenus donde existía un enorme megalito. Con la llegada del cristianismo, el islote prosiguió dedicándose al culto. Recuperó prados y campos y no escuchó ninguna otra oferta de su vecino.

Una Ángel En El Cielo

El Monte Saint-Michelha despertado la fascinación y la admiración de las personas desde el principio de los tiempos; con la masificación del turismo, ha alcanzado la increíble cifra de tres millones de visitantes al año. Podría decirse que gran parte de la ciudadela del Mont Saint-Michel es troglodita, y sucede que un sinfín de espacios, habitáculos y pasadizos fueron excavados bajo tierra y con pisos sobrepuestos con la intención de explotar el escaso espacio y ser inexpugnable. Tras la Revolución Francesa de 1789, las características de la Iglesia fueron declaradas «recursos nacionales», conque se expulsó a los últimos monjes del Mont-Saint-Michel, y entonces el «Monte Libre» fue transformado en prisión. En 1811, un decreto convierte la abadía en prisión para alojar esencialmente a presos comunes y políticos. El sitio era idóneo para encerrar a los delincuentes y olvidarse de ellos.

Popular como la « Maravilla del occidente », está clasificado en elPatrimonio mundialde la Unesco. XIX.Se hicieron múltiples intervenciones durante el siglo XVII hasta que el conjunto monacal pasa a transformarse en prisión para el clero durante la Revolución Francesa, manteniendo su función de penitenciaría para disidentes de los siguientes gobiernos franceses. No será hasta 1863, con Napoleón III, que se cierra como prisión y empieza su reconstrucción con fines turísticos. Desde 1898, la torre de la iglesia de la abadía tiene una escultura de San Miguel. Le encanta recorrer el mundo para estudiar in situ sobre historia, geografía y, evidentemente probar la gastronomía.

La Leyenda Del Monte Saint-michel – Francia

Indudablemente, no solo era una maravilla arquitéctonica, sino un espacio enigmático y mágico que no está ni en el mar ni en la tierra, sino más bien suspendido en el aire, rodeado de mareas, arenas movedizas y cielos cambiantes. Corrían por las salas de la planta baja, dando vueltas cerca de las pilastras, subiendo escaleras aéreas, galopeando por las cornisas, saltando de gárgola en gárgola. El pobre demonio, que se sentía morir, escapaba, ensuciando la morada del santurrón. Hasta que al final se encontró en la última terraza, en lo mucho más prominente de todo, lugar desde el que se divisa la inmensa bahía con sus poblaciones lejanas, sus arenas y sus pastos.

Desde el instante en que tenìa 17 años sueño con visitar este màgico rincón al que conocì en una foto que guardè tan sòlo por el hecho de que me gusto ese lugar que pensè era tan sòlo una pintura; prácticamente 30 años despuès, la magia del internet me afirma que existe!. El día de hoy mi sueño creció, quiero estar allì por lo menos 5 minutos de mi vida. Envidio sanamente a quienes tuvieron la bendiciòn de visitarlo. Cae la noche, y bajo el coloreado cuadro que el atardecer pinta en la bahía observamos como ésta desaparece despacio bajo las aguas que, por fin, dejan sólo una pequeña lengua de tierra que, a modo de carretera, conecta Saint Michel con el exterior.

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El Monte Tumba, así se le llamaba allí por el siglo IV, cuando el bosque de Scissy ocupaba toda la zona. Aquél lugar ahora era por aquél entonces un lugar de peregrinación y de ermitaños. Cuenta la historia de historia legendaria que San Auberto, que era obispo de Avranches, una localidad cercana al Mont Saint Michel, recibió una noche la visita del Arcángel San Miguel, quien tocándole en la frente, le ingresó la iniciativa de la construcción de una Abadía en aquel monte, destinado a su nombre. Normandía, con sus bosques, sus pueblos y sus siglos de historia, invita como pocos lugares en el mundo a creer en la magia. En el momento en que poco a poco aproximamos nuestro mapa y nos vamos a esa irrealizable isla rocosa que semeja existir retando todo, nos convertimos en fieles .